Dicen los comisarios de esta muestra, una de las muchas variantes con que se nos presenta el llamado “arte conceptual”, que en ella: “Entramos en contacto con nuestras sensaciones y con nuestra memoria. Observamos también el proceso de transformación constante que rodea a las obras y, como nuestra experiencia no será la misma si volvemos mañana: las velas estarán algo derretidas, los pájaros se posarán sobre otra cuerda, la lluvia que caía sobre Nueva York empezará a secarse y el piano tendrá otro sonido,…”. Experiencia esta que no creemos se produzca en ningún caso, pues es dudoso que alguien vuelva una segunda vez, para comprobar que unas velas se han consumido tras haber estado encendidas durante muchas horas, o que unas fresas han iniciado su proceso de putrefacción,… ya que estas experiencias y otras de similar naturaleza la tenemos a diario, sin necesidad de desplazarnos a un lugar concreto.
Proclaman que la tesis de la exposición es lo efímero, que “es el indudable protagonista de la muestra: frente a lo permanente, lo duradero, frente a la obra de arte que se mantiene inerte. El hecho artístico a través de la magia del instante, de la poesía del presente”.
Enfática frase cuajada de apriorismos, como es titular de inerte a una obra de arte permanente. Uno se pregunta: ¿Quién se atreve de adjetivar de inerte al “Guernica” de Picasso, o al “Beso” de Rodin, pongamos por ejemplo, sino se vive en una burbuja defensiva?
